La pintora realista Isabel Quintanilla protagoniza la primera exposición monográfica de una artista española en el Museo Thyssen.
Pocas cosas hay más humildes pero que, a la vez, sean capaces de despertar tantas emociones como un vaso de Duralex. Isabel Quintanilla pintó en más de 50 ocasiones esta sencilla pieza de menaje –icono absoluto de la clase media de finales del siglo XX en España–, que fue uno de los fetiches con más presencia en la producción de la madrileña.
De ahí que sus fieles representaciones de dichos objetos sean uno de los platos fuertes de la exposición que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza le dedica a la artista. Hasta 12 de esos vasos podrán verse en El realismo íntimo de Isabel Quintanilla, la primera muestra monográfica de una española que alberga la pinacoteca y que podrá visitarse del 27 de febrero al 2 de junio.
La pintora formó parte del grupo de los realistas de Madrid, un círculo de amigos –algunos, incluso familiares– y artistas entre los que también se encontraban María Moreno (1933-2020), los hermanos Julio (1930-2018) y Francisco López Hernández (1932-2017), Esperanza Parada (1928-2011), Amalia Avia (1930-2011) y, el que probablemente sea el más conocido de todos, Antonio López (1936).
Sin embargo, en el caso de Quintanilla, lejos de recurrir a los épicos paisajes de gran formato cuajados de detalles que tanto protagonismo acaparan en esta corriente, la artista se centró desde el arranque de su carrera en lo íntimo y lo doméstico, aquello que tenía a mano, ya fuera un par de guantes, unas plantas, un pintauñas o el mencionado vaso de Duralex.
Pese a que no les movió un deseo deliberado de constituirse como un grupo creativo, sí que compartieron un género pictórico muy concreto –el realismo–, un momento histórico –la segunda mitad del siglo XX– y una ciudad –Madrid–, circunstancias que les empujaron de manera orgánica a tejer una sólida comunidad de la que todos se nutrieron.
Tan humilde como universal, tan sencillo como narrativo. “En todo momento ella tiene que pintar cosas que le produzcan una emoción, con las que tenga algún vínculo por ser objetos de uso diario. Ella no busca más allá, levanta la mirada, va por casa y, de repente, mira. Y son todo objetos que incluso hoy en día su hijo todavía conserva. En lo pequeño y en lo sencillo es donde ella encuentra la emoción y la invitación a pintar”, explica Leticia de Cos Martín, comisaria de la exposición.
La retrospectiva de Quintanilla es la prueba de que empiezan a soplar otros aires en los grandes centros del arte a nivel nacional y de que las artistas que contribuyeron a asentar fenómenos pictóricos relevantes comienzan a ocupar el lugar que se merecen.


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