Descripción
Los de ahí se desarrolla en un páramo apenas alejado de la urbe. Una ciudad extranjera. La máquina emplazada en el monte, una especie de taquilla inteligente organiza los pedidos.
Los de ahí: Nuno, Munir, Dani y Eduardo esperan la señal, el sonido que les anuncia su próximo destino. La dirección del envío aparece en el mapa de sus teléfonos entre palabras ajenas y desconocidas. Recogen el paquete, se montan en la bicicleta y entregan el pedido. Adivinando un poco el recorrido. Ignorando del todo lo que se transporta.
Y luego, otra vez al punto de partida. Hasta que la máquina emplazada en el monte vuelva a dar la señal. Invisibles a esa ciudad inabarcable que espera sus servicios, ellos tejen la vida, se organizan, se cuidan, desconfían. El silencio del paraje se puebla de bicicletas que caen, de sus voces llegadas de diferentes rincones del mundo. El ruido vital que resiste al vacío. Convivencia obligada que se transforma en lugar de pertenencia. En red social. En referente.
Mirja, una joven mujer oriunda del lugar se acerca al sitio. Su historia está atada irremediablemente a Nuno, uno de los repartidores. Trae con ella algo de lo que se intuye de aquella ciudad extraña.
Y entre todos ellos ronda Susan. Superviviente profesional. Inclasificablemente genuina. Vital por filosofía y convicción. Deseando desear para sentirse viva.
La máquina emplazada en el monte organiza la rutina. Los agrupa, los ordena. Un equilibrio frágil de cuerpos intentando ser. Invisibles en el silencio. Ruidosos. Llenos de vida.
Los de ahí
Los de ahí es un pequeño universo invisible, lleno de vida. Seres ignorados, de los que normalmente no recordaríamos rostro ni nombre, despliegan torpemente sus historias mientras reparten envíos. Sin saber quién los manda, ignorando el contenido, desconociendo el idioma del país en donde viven.
La vida brota sin embargo entre el frenesí de bicicletas que llegan y se van, más allá de las palabras. Está en sus cuerpos. En la música lejana que remolcan sus voces.
Y en el deseo inclaudicable de existir a pesar de todo. De ocupar un lugar en el mundo. De ser recordado por alguien. No quiero verlos de lejos, señalarlos compasivo. No estamos a más de un paso de ser tan extranjeros, invisibles y huérfanos como ellos.
Si el teatro me permite inyectar un pedazo de vida ahí, recordarme lo humano, sabré para qué lo hago. Un pequeño combate, por las buenas. Para combatir el miedo.


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